The Big Red One es una de mis películas de guerra favoritas.
La vi tarde en la noche, en televisión, a principios de la década del 80. Y muchas de sus imágenes, sencillamente inolvidables, me persiguieron durante años. El caballo encabritado que en medio de la guerra atacaba al sargento. El francotirador nazi que al final resultaba ser un niño alemán de 10 años. Y que recibía unas buenas nalgadas por su “travesura”. El niño italiano que arrastraba una carretilla con el cadáver descompuesto de su madre. El parto en un tanque que transformaba la parafernalia de guerra en instrumentos de maternidad. El tiroteo en un asilo de dementes ante la mirada impasible de los internos.
Y el reloj de pulsera en la muñeca de un soldado muerto en el desembarco de Omaha que marcaba el transcurrir del tiempo mientras las aguas de la playa se van tiñendo de rojo, una metáfora visual que, con su simpleza, alcanzaba las cotas de perfección que Steven Spielberg no logró en Saving Private Ryan, a pesar de la pirotecnia y la sangre artificial vertida a galones.
Pero nunca supe cómo se llamaba.
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